Cuentos Perdidos

Isaac El Jinete

Hacía calor, mucho más de lo normal, y en el pueblo de Ventarrie aún no terminaba la temporada de recolección. Este pequeño pueblo, ubicado casi en el centro de la región boscosa de Vantaiveria, se conocía por la deliciosa miel que recolectaban previo al matador invierno. Esta recolección se daba durante tres meses y usualmente solo a los mayores de veinte años se les permitía aventurarse en el bosque. Lo hacían en grupos de cuatro, todos con un líder experimentado, y se consideraba un trabajo extremadamente peligroso. Al final de la recolección solían llenar carromatos con frascos de miel para llevarlos a la fortaleza de Migny, al sureste del pueblo, donde el señor de Vantaiveria se las intercambiaría por alimentos para sobrevivir el invierno y claro, unas cuantas monedas de oro, dependiendo de la cantidad de miel que llevaran.

Ya se acercaba el final de la temporada de recolección y lo que menos había era señas del invierno. Una tarde, el pequeño Isaac terminó su trabajo como ayudante en el almacén de miel. Agarró su bolsa, se cambió de camisa y salió con prisa hacia su casa, pues aún quedaban rayos de sol que lo acompañarían en su viaje de regreso. Pues Issac, con tan solo catorce años de edad, le daba miedo el camino dominado por la noche. — ¡Nos vemos mañana, pequeño!  — le gritó el viejo Bock, encargado del almacén. — y corre bien, que los lobos no descansan. — dijo bromeando.

Isaac llegó a casa, sudado, pero con una gran sonrisa en su rostro. — Ya vine mamá! — dijo mientras cerraba la puerta. No recibió ninguna respuesta. Subió a su habitación, se quedó en calzoncillos y salió al pozo a tomarse un baño para refrescarse. — ¡Isaac! La cena esta lista. Apresúrate y ven a comer antes que se enfríe. — le gritó su mama por la ventana. Isaac se secó y entró directo a la cocina. — Gracias por la comida mamá. Este estofado huele delicioso. — dijo al sentarse en la mesa. — Que lo disfrutes hijo, has trabajado duro otra vez, ¿verdad? — respondió la mama mientras se sentaba frente a Isaac. — Sí mamá, pero la temporada de recolección ya está terminando y podremos descansar durante todo el invierno. Además, alguien tiene que poner los alimentos en la mesa, ¿no? — añadió. La mamá, con mucha nostalgia, vio directo en los ojos de Isaac y vio a su difunto padre. —Ay dios, un niño de catorce años no debería de estar trabajando — se dijo a sí misma. Su corazón se llenó de lágrimas y recordó cómo los ancianos le prohibieron trabajar por ser mujer, incluso después de enviudar. Era una de las estúpidas reglas de Ventarrie. Las mujeres solo podían dedicarse a sembrar en las pequeñas parcelas de sus casas y a alimentar a las mulas de los establos. Solo los hombres podían ir a recolectar miel, pues creían que era un trabajo para los “seres con pelo en pecho”. Pero no siempre fue así… 

—¿Está todo bien mamá? —dijo Isaac, pues la vio perdida en sus pensamientos. — Si, solo que estas tardes de mucho calor me recuerdan a una historia que me contaba mi madre hace tiempo, cuando aún era una niña. ¿Te gustaría escucharla? — le dijo a Isaac mientras se llevaba un cucharón de estofado a la boca. — Tú sabes que amo las historias, madre. Cuéntala de principio a fin, toda mi atención será tuya, doy fe de ello. — respondió Isaac con una gran curiosidad en su rostro. — Está bien. Entonces, por la memoria de tu padre, presta mucha atención y escúchame bien.

Hace muchos años, incluso mucho antes que naciera el padre de mi padre, Ventarrie era un pueblo más grande. Los caminos eran buenos y no tenían que intercambiar toda la miel por unas míseras provisiones de invierno. Era una época donde tanto hombre y mujer trabajaban codo a codo en los bosques. Durante la Guerra de los Cinco Valles,los visitantes empezaron a escasear. Ya nadie quería adentrarse a los bosques y las ventas de miel empezaron a caer. Unos meses después de iniciada la guerra, la oscuridad tomó la parte norte del bosque, en Vrigloy. Cuando el señor de Vantaiveria lo supo, mando un pequeño grupo de dieciséis asesinos a recuperar el bosque. El problema era que los asesinos tomaron nuestro pueblo como base. Dormían en el ayuntamiento durante el día, planeaban, comían y durante la noche se movilizaban al norte del bosque para asesinar todo lo que se encontrara frente ellos. Siempre y cuando nosotros no nos metiéramos en sus asuntos, ellos no se metían en los nuestros. Un día de esos, los asesinos recibieron una orden del gran señor. Este decía que los almacenes de miel estaban malditos por la oscuridad del norte y ordenó quemar absolutamente todo. Decretó toque de queda y prohibió la recolección de miel hasta que el asunto estuviese resuelto en el bosque. Ese mismo día, los asesinos quemaron los catorce almacenes de miel. Dejaron al pueblo sin nada para vender o intercambiar. En ese instante todos pensaron que solo iba a ser cuestión de tiempo para que murieran en el invierno, pues este si se acercaba con fuerza de mil caballos. Absolutamente nadie sabía que hacer. Pasaban en sus casas todo el día, rezándole a los Dioses que los ayudaran. 

Unos días después, un carromato lleno de comida y provisiones llego al pueblo. Los Caballeros de la Espada, quienes acompañaban el carromato, llamaron a los pueblerinos para que se reunieran en el parque frente al ayuntamiento durante la tarde. Todos acudieron y escucharon con atención. El gran señor les ofrecía provisiones con una condición. Pasado el invierno, tenían que comprometerse a enviar a todos los hombres mayores de edad a Migny, donde se les instruiría en el arte de la espada. La guerra estaba en curso y no podían darse el lujo de seguir perdiendo hombres.

Claro, los pueblerinos no aceptaron la oferta del gran señor. De hecho, se rebelaron. La cabeza de la rebelión fue una gran jinete, quien, con valentía, juntó a los mejores hombres y mujeres del pueblo. Una noche tomaron el carromato a la fuerza y encerraron a Los Caballeros de la Espada mientras los asesinos se encontraban en el bosque. En su regreso, les tendieron una trampa y terminaron quemando a los dieciséis hasta los huesos. Esta misma rebelión partió al norte, retomaron el bosque y luego negociaron con el gran señor la liberación de sus soldados. Este accedió a sus peticiones, siempre y cuando le entregaran ofrendas de miel cada año. A cambio, él les daría provisiones para el invierno. Lo único que se sabe de la valiente mujer fue lo que encontraron en el diario de una de sus combatientes. Antes de partir al bosque, esto fue lo que escribió:

Surgió de la oscuridad cuando más lo necesitábamos. Tenía los ojos furiosos como un lobo y era justa como nadie más. Lejos de dejarnos morir, ella nos guiaría a vencer. 


Todos marcharíamos con ella hacia el bosque oscuro, donde su luz brillaría. Usaba una capa negra como la noche, hecha para una princesa de la oscuridad. Cuando entraba al bosque era como si la naturaleza estuviese de su lado.


Ella alejaría a los indeseados, ella destruiría esa oscuridad. Las oleadas de cuervos se irían volando lejos al norte, donde pertenecen. Y el bosque sería nuestro de nuevo. Su telar nos protegerá del gran señor, con su fuego profano, y si es necesario, marcharemos hasta la muerte en Migny.


Ella nos abrió los ojos para caminar sin cesar por el camino del soñador. Por un pueblo mejor, un pueblo libre.

— Y esa es la razón por la cual damos ofrenda todos los años. Después del invierno, La Jinete partió al oeste para comandar un grupo de guerra, pero murió en batalla. Desde esos tiempos, los linajes del gran señor han prohibido a las mujeres realizar cualquier tipo de trabajo físico. — Terminó la madre de Isaac. — Ahora levanta tus platos y vete a dormir. Mañana tienes que trabajar. — Dijo mientras se levantaba de la mesa. — Gracias mamá, te veo mañana. Y gracias por la historia. — Dijo Isaac con miles de preguntas en su cabeza.

Esa noche calurosa, Isaac se sumergió en un profundo sueño, donde él mismo marcho junto a La Jinete. Aquella oscuridad del norte se hizo luz y otra vez su pueblo podría añadir otro invierno a la lista. En su sueño, él fue Isaac, El Jinete.

Julka

Era tarde. El sol se ocultaba y Julka ya se encontraba caminando de regreso a su hogar. Ultimamente soñaba despierto. Se perdía en sus pensamientos mientras sus pies hacían el arduo trabajo de caminar. Claro, ya no estaba en sus veintes. El camino seguía siendo el mismo pero los sesenta y tres años que cargaba sobre sus hombros se hacían notar mucho, sobretodo en las noches de invierno.

Julka vive al final de La Villa del Sol, al borde del risco con el mar. La casa la heredó de su padre hace mas de un cuarto de siglo, después de la guerra por los 5 valles. Luego se casó y dedicó su vida a cultivar papa y a vender lana. Sin duda vivir en ese rincón de la tierra era de las cosas mas pacificas en estos tiempos. Sobretodo porque la nube negra se había quedado en el oeste y lleva años sin moverse. Cuentan que bajo esa nube, cosas terribles y crueles suceden.  Según el ultimo juglar que paso por la villa, la nube infecta le mente de las personas, quienes enloquecen y terminan acabando con su propia vida. 

En fin, solo los dioses sabrán.

Ya en su taller, Julka empieza a preparar abrigos de lana para el invierno. Sumido en sus pensamientos, viajó muchos años atrás, cuando su esposa aun seguía viva.  Recordaba muy bien cómo caminó por los confines del este, pues se había enamorado de una gitana, quien iba de pueblo en pueblo actuando con su familia. En esos tiempos Julka logró encontrar su rastro y la buscó. La buscó sin descanso por verla. 

Hoy su corazón esta roto y su alma destruida. El sentido de vivir se esfumó el día que su esposa murió. Los Villa Soleros pensaban que fue víctima de brujería pero Julka sabía la verdad. Había sido envenenada por su propia familia. 

Saliendo de su sueño, caminó hacia la ventana y observó el inmenso mar. 

-Daría todo por verla una vez más, tan solo por un minuto. O un segundo. Pensó en ese instante. Era un hombre esperando la muerte. Con el alma rota y el corazón destruido en miles de pedazos. Un hombre que murió en vida el día que su compañera dejo de respirar. 

Luego de estar hipnotizado por el mar, Julka regresó a la mesa llena de lana. 

— Un día a la vez, hasta el fin de mi existencia — Se dijo a sí mismo. Y con lagrimas en el interior, sus manos siguieron haciendo el mismo trabajo de toda la vida.  

La Cueva

El río era grande, muy grande. Mucho más de lo que te puedes imaginar. Si lo recorrieras a lo ancho, tendrías que nadar dos días para llegar al otro lado. Si quisieras recorrerlo de principio a fin, tendrías que navegar por cien días sobre sus turbias aguas en forma de serpiente. Así era el río que recorría las montañas del este, peligroso e impredecible, incluso para las tribus que habitaban en lo más alto del mismo. Cuentan que cuando las sirenas de agua dulce están tristes, suben a llorar a las cuevas de la montaña, creando corrientes que destruyen todo a su paso. Aunque como dicen, ha de ser solo una leyenda… ¿o no?

Era una noche fría, con lluvia y Tom no podía borrar aquellas palabras. Toda la madrugada paso leyendo el antiguo diario de su padre mientras escuchaba las gotas caer en su vieja casa de la colina. El día de mañana tiene que zarpar y lo único que lo prepara mentalmente son las palabras de la página 36:

… No recuerdo el cómo ni el dónde, pero mi encuentro con Viajero fue algo que jamás espere. Me contó la historia de las sirenas de la cueva mientras bebíamos en la taberna del viejo Steve. Sus ojos transmitían tanta confianza que me perdí en su historia. No se si era demasiado viejo por sus experiencias o demasiado joven por sus rasgos, pero sus palabras eran verdad, lo sé, y Dios sabe que es así…

Aquel día de verano, Tom observo como su padre agarro su caballo, empaco su vieja capa, una cuerda, una brújula, su peculiar sombrero y partió hacia un muelle que nadie conocía. — ¡Ya vuelvo mi querido Tom! Recuerda tener lista la cena para el domingo. — dijo mientras se subía al caballo. — Si, padre. Que el sol y la luna vayan contigo. — respondió Tom, sin saber que sería la última vez que vería a su padre. — Que se queden contigo, mi querido hijo. Pues creo que de este viaje no volveré — se dijo el padre de Tom a si mismo mientras cabalgaba directo hacia su muerte.

Las gotas seguían cayendo, una por una y Tom no se despegaba del diario. El estofado ya se había enfriado y no había dado ni un bocado. Página 37:

Si, sé que logré entender bien. Viajero se refiere al muelle que está a 2 días al noreste de la taberna. Lo vi un par de veces cuando era niño, pero fue destruido, de eso estoy seguro. No debí beber tanto la noche anterior. Ya no sé si aquella conversación fue un sueño o realidad. Pero aquellos ojos…, tanta certeza, tanta verdad…

Ya eran medio día. Tom se levantó, tomó una taza de té y empezó a preparar su equipaje. Después del incidente de su padre, dejó sus estudios y se dedicó a la vida de marinero. Aprendió a navegar en alta mar y desde que encontró el diario de su padre, buscó toda la información que pudo acerca de la cueva. No iba a cometer el mismo error de su padre, y de eso estaba seguro. Ya con su equipaje en la espalda, Tom se dirigió a aquel viejo muelle.

Al llegar, vio a su pequeño bote amarrado a un árbol que se encontraba al costado del río. El Viejo Argón, así se llamaba aquel pedazo de madera que había construido con sus propias manos. Al subir, reviso cada centímetro del navío. Paso ajustando as velas, reviso el ancla, la pequeña cocina y corto con su cuchillo la soga que lo mantenía en la orilla. Una ráfaga de viento empezó a mover al Viejo Argon y mientras Tom maniobraba, vio las grandes curvas de agua que le esperaban en su viaje cien días. — Que el sol y la luna me acompañen — suspiró.

 

 

 

 

 

Una Carta

Pensó que había muerto, que su viaje había acabado y destruido lo poco que quedaba de él. Pero no fue así. Llegó a un lugar donde el tiempo es de color, el sol una ilusión y la música el tapiz que adornaba su corazón. Sintió el sabor de la brisa y no dudo en subirse a la balsa dorada con destino a las nubes en forma de algodón. Durante el viaje por el río de luz, solo pensó:

¿A quién pertenecen los besos: a quien los roba y los desea tanto, o a quien los recibe y es cómplice del momento?

¿A quién pertenece un abrazo: a quien anhela que guarden su alma con los brazos, o a quien su cuerpo lo añora?

¿A quién pertenece una mirada: a quien canta poesía y se ve reflejado en sus ojos, o quien recibe esa caricia intangible?

¿A quién pertenece un “te quiero”: a quien lo busca y lo construye para dedicarlo o a quien lo espera en ausencias y confusión?

Después de navegar y naufragar en su sueño, despertó. Supo que ya iba siendo hora de marchar. Tomó un trozo de papel y escribió:

Te regalo un te quiero y un adiós. ¡Cuidate! Nos volveremos a ver. No llores por mi, estaré cerca de ti. ¡No tengas miedo! Si nuestros caminos se vuelven a cruzar, el dolor ya no existirá. Hasta pronto…

– M.S

Carta de Viajero a Sofía, la tabernera del granero que conoció en la noche sin estrellas. 

El deseo de la noche sin estrellas

Volcan de Agua

El tiempo estaba terrible. Viajero había logrado dormir dos noches en una vieja posada, de aquellas que reciben y despachan errantes al por mayor, pero esta vez se había quedado sin dinero y no tuvo otra opción que dormir a la luz de la luna sin brillo, pues era noche de luna nueva y las estrellas dominarían los cielos nocturnos. Después de pasar por una vieja aldea y de escuchar a unos niños cantar, recordó que esa noche era especial, era única. Cuenta la leyenda que una vez al año, entre julio y agosto, los dioses lloraban y sus lágrimas caían en la tierra en forma de luces flamantes y fugaces. Aquellos afortunados que veían las lágrimas de los dioses caer, les era concedido un único deseo si lo pedían a tiempo. Viajero había escuchado esa leyenda cuando era niño pero nunca logró ver aquellas luces extrañas. Lo único que recordaba era aquella canción que recitaban a los niños en su pueblo:

Hoy cantan los Dioses, cuentan historias bellas,

Nos invitan a salir, a ver todas las estrellas,

¡Presta atención! La luna esta nueva,

Pero nunca olvides ver más allá,

Lejos, donde brillan las estrellas.

Viajero preparó su escaso equipaje y cruzo la pradera, rumbo al granero abandonado que había visto unos kilómetros atrás. Al llegar, comprobó que nadie se encontrara allí y decidió recostarse en el viejo catre que encontró al costado del granero. Cuando estuvo a punto de viajar al mundo de los sueños, recordó la canción de la noche sin luna y se levantó. Con paso lento, pero firme, subió al techo del granero y se recostó a esperar aquellas lágrimas, aquellos lamentos de los dioses, pero fue inútil. El cielo estaba bañado de gris y nada ni nadie haría que las nubes se fuesen de allí. Aun así, viajero quiso creer. En ese momento quiso tener ese don que muchos tienen pero que el carece, el don de la fe. Recuerda haberlo tenido pero su paso por el mundo había marchitado aquella flor con fuego ardiente, poco a poco, quemando hasta las más profundas raíces. Su deseo esta vez era fuerte, era de verdad, pero delicado a la vez. Como cuando agarras una mariposa, con seguridad para que no se escape pero no tan fuerte, para no matarla. En ese momento nada parecía imposible. Aun así, sin creer pero queriendo, viajero cerró sus ojos y buscó en lo más profundo de su corazón, y cuando lo sintió, lo pidió. Bajó del techo, se recostó de nuevo en el viejo catre y mientras la lluvia empezaba a caer, la imagen de ella se hacía más y más borrosa. El olvido se estaba apoderando de el nuevamente pero solo podía esperar. Esperar a que ese deseó se cumpliera, aquel deseo de la noche sin estrellas. 

La Fogata

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Frío, hacia mucho frío. La helada noche le daba la bienvenida a las estrellas mientras viajero encendía una fogata. El viento era distinto, era salvaje, era hostil pero aun así viajero se las arreglo para prender el fuego y cocinar el conejo que había cazado unas horas atrás.

Al terminar de comer se recostó sobre su vieja capa negra y contemplo las estrellas. La magnificencia del cielo nocturno le hacia pensar constantemente en su pasado, aquella oscura y vil niñez en la aldea de los asesinos de sangre. Pocas veces lograba dormir mas de 4 horas, pues aquellos recuerdos aun lo cazaban en sus sueños. Con su mente rebosada de pensamientos, preparó un té de hierbas y mientras contemplaba el fuego, de su boca salieron palabras hechas canción.

Cuando la noche te acompañe,

Cuando la soledad te aconseje,

Mira hacia arriba,

Y veras que el amanecer, cerca viene.

 

No la trates de olvidar,

No la alejes de ti,

Y cuando la recuerdes,

Veras que el amanecer, cerca viene.

 

Sigue tu camino,

Aunque todo te condene,

Canta esta canción,

Y veras que el amanecer, cerca viene.

Y así viajero fue transportado al mundo donde todo es posible, donde lo que no existe es real y lo real no existe. Al mundo donde todos podemos volar y escondemos nuestros mas grandes secretos. Aquel mundo en donde podemos ser Dios y hombre al mismo tiempo. Aquel mundo en donde el sabor del mar se esconde en una gota y el olor de una flor vuela por los aires. Aquel mundo en donde viajero puede estar en paz.

El pueblo de Morth

Halo Lunar

El cielo no era el mismo de aquella noche. Hoy estaba gris y rugía con rabia mientras escupía relámpagos sobre el sucio pueblo de Morth. Cuentan las leyendas que antaño, Morth servia de paso para llegar a la vieja cuidad de Gril, y que allí se escondían los asesinos mas viles y despiadados. Sus habitantes se dedicaban a la venta de esclavos y de medicamento de segunda mano. Se dice que el hermano del rey Korr bajó al pueblo de Morth y contrató a los mercenarios élite del norte para que se encargasen de su hermano y así quedarse él con el trono del cono occidente. A cambio, le ofreció incontables riquezas al clan de asesinos. Esa misma noche, tres asesinos élite treparon hasta lo mas alto del castillo, buscando la habitación con la única luz prendida, pues el rey Korr nunca apagaba sus velas, no desde aquel día en el que fue maldecido por la dama de cristal. Lograron alcanzar la habitación y divisaron la sombra del rey, quien escribía tranquilo en su despacho, de espaldas a la ventana. Prepararon las famosas anclas de piedra, un instrumento asesino creado por los hombres del bosque que se activa con la sangre del portador, disparando un proyectil de piedra venenoso, pues si el portador logra un lazo de unión entre su sangre y la piedra de luna menor, esta se incrusta en su objetivo mientras desprende un poderoso veneno que ataca a el corazón en 10 segundos y corroe la piel. Mientras los tres preparaban sus armas, se vieron entre ellos, esperando el momento ideal. En un abrir y cerrar de ojos, crearon el lazo de unión a las anclas de piedra. Estas brillaban de un color morado oscuro, listas para destruir a su objetivo. Apuntaron a la silueta que se encontraba al otro lado de la ventana y activaron el ancla de piedra. El sonido fue ensordecedor y la reacción, fulminante. Entraron en la habitación por la ventana que acababan de destruir y lo vieron. El rey Korr yacía sobre el suelo, inerte sobre su propio charco de sangre. Se podía observar como el veneno succionaba cada centímetro de su piel, dejando en su camino solo los huesos del rey.

– Revisen la habitación. Tomen cualquier objeto de valor – dijo uno de los asesinos – pero rápido que la guardia real no tardara en venir.

– Hey, ¡Ven a ver esto! – dijo el segundo asesino, quien se encontraba revisando la túnica del rey – Su collar, ¡Mira su cuello!

El legendario collar del rey Korr temblaba sólo y brillaba rodeado de una luz blanca pálida, como cuando la luna es cubierta por una nube negra.

– Algo no esta bien aquí. Apresúrense y vayámonos, ¡PERO YA! – dijo el tercer asesino.

Los tres asesinos tomaron lo que pudieron y cuando se dirigían a la ventana, una silueta negra se levanto del suelo. El rey se encontraba de píe, sus ojos brillaban del mismo color que su collar mientras un ligero humo blanco corría sobre su boca. Con un delicado movimiento de su mano derecha, lanzo a los asesinos por los aires, al otro lado de la habitación.

-¡¿Quien los mando?! ¡Malditos hijos del mal! – dijo el rey Korr. – ¿Que acaso no saben que nadie puede matarme?

Uno de los asesinos podía sentir como el humo que desprendía el rey Korr se impregnaba en sus pulmones, causando un dolor inimaginable, como si mil agujas atravesaran su cuerpo al mismo tiempo. Estuvo a punto de desmayarse cuando pudo verlo, vio los ojos del rey en su mente. Los blancos ojos del rey desprendían un terror inigualable mientras escrutaban cada parte de su alma.

-Fue…. fue tu hermano…- dijo el agonizante asesino – Por favor…déjanos ir…

-¡MENTIRA! – dijo el rey – ¡DEMUÉSTRAMELO!

La mano del asesino se movió a voluntad del rey y ésta saco el pergamino de contrato, firmado con la sangre y huella de su hermano. El pergamino se desplazó por los aires hasta llegar al rey Korr, quien lo leyó con cautela. Mientras leía el contrato, su ira iba en aumento. El humo blanco que sostenía a los asesinos en el aire se puso mas denso y poco a poco fue destrozándoles los huesos mientras se retorcían de dolor y suplicaban al rey piedad. El rey, con la poca razón que le quedaba, se dirigió a la montaña que daba la cara al pueblo de Morth y desprendió su humo sobre todo el pueblo. Su voz se derramaba con el humo, así que todos podían escuchar sus palabras.

– Hermano mio, ¡me has traicionado! – dijo con furia – Se que te encuentras escondido aquí y por tu traición, el pueblo completo ha de pagar. Hoy contemplaran la maldición del rey, la maldición de la luna blanca.

El humo cubrió cada centímetro de la ciudad y poco a poco fue destruyendo los huesos de todos los habitantes, como si una roca gigante cayese lentamente sobre el cuerpo de cada persona. Pero el rey no se salió con la suya. La dama de cristal lo vigilaba siempre, y esa noche, observo su crueldad desde los cielos. Lo que no sabia el rey era que su hermano, Danis, ya no se encontraba en Morth, pues había zarpado hacia el sur unas horas atrás.

-Algún día la gente sabrá tu verdad, hermano. – dijo Danis mientras observaba desde el barco la ciudad de Morth, impregnada en humo blanco – Y cuando llegue ese día, allí estere yo, listo para destruirte.

Desde ese día, miles de almas rondan el pueblo de Morth. Cuentan que aún se puede sentir el humo blanco del rey, destrozando cada uno los huesos de las personas que osan pasar por allí. Pero eso no fue ningún impedimento para Viajero, pues el conocía todas las historias del mundo, y aunque toda leyenda tiene en sus raíces algo de verdad, el no les temía, pues ha caminado sobre la tierra por tantos años que ni el mismo puede contar. No sabia que iba a encontrar en la ciudad de Gril pero desde aquel sueño, sabia que tenia que llegar de una u otra forma. La dama de cristal lo llamo en sus sueños y después de tantos años, sentía dentro de si mismo que la volvería a ver. Mucho tiempo ha pasado desde que la vio, desde que la dama de cristal lo maldijo para siempre. Con su ropa sucia, una capa y un puñado de raíces en su bolsa, Viajero se adentro en el maldito pueblo de Morth…