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El deseo de la noche sin estrellas

Volcan de Agua

El tiempo estaba terrible. Viajero había logrado dormir dos noches en una vieja posada, de aquellas que reciben y despachan errantes al por mayor, pero esta vez se había quedado sin dinero y no tuvo otra opción que dormir a la luz de la luna sin brillo, pues era noche de luna nueva y las estrellas dominarían los cielos nocturnos. Después de pasar por una vieja aldea y de escuchar a unos niños cantar, recordó que esa noche era especial, era única. Cuenta la leyenda que una vez al año, entre julio y agosto, los dioses lloraban y sus lágrimas caían en la tierra en forma de luces flamantes y fugaces. Aquellos afortunados que veían las lágrimas de los dioses caer, les era concedido un único deseo si lo pedían a tiempo. Viajero había escuchado esa leyenda cuando era niño pero nunca logró ver aquellas luces extrañas. Lo único que recordaba era aquella canción que recitaban a los niños en su pueblo:

Hoy cantan los Dioses, cuentan historias bellas,

Nos invitan a salir, a ver todas las estrellas,

¡Presta atención! La luna esta nueva,

Pero nunca olvides ver más allá,

Lejos, donde brillan las estrellas.

Viajero preparó su escaso equipaje y cruzo la pradera, rumbo al granero abandonado que había visto unos kilómetros atrás. Al llegar, comprobó que nadie se encontrara allí y decidió recostarse en el viejo catre que encontró al costado del granero. Cuando estuvo a punto de viajar al mundo de los sueños, recordó la canción de la noche sin luna y se levantó. Con paso lento, pero firme, subió al techo del granero y se recostó a esperar aquellas lágrimas, aquellos lamentos de los dioses, pero fue inútil. El cielo estaba bañado de gris y nada ni nadie haría que las nubes se fuesen de allí. Aun así, viajero quiso creer. En ese momento quiso tener ese don que muchos tienen pero que el carece, el don de la fe. Recuerda haberlo tenido pero su paso por el mundo había marchitado aquella flor con fuego ardiente, poco a poco, quemando hasta las más profundas raíces. Su deseo esta vez era fuerte, era de verdad, pero delicado a la vez. Como cuando agarras una mariposa, con seguridad para que no se escape pero no tan fuerte, para no matarla. En ese momento nada parecía imposible. Aun así, sin creer pero queriendo, viajero cerró sus ojos y buscó en lo más profundo de su corazón, y cuando lo sintió, lo pidió. Bajó del techo, se recostó de nuevo en el viejo catre y mientras la lluvia empezaba a caer, la imagen de ella se hacía más y más borrosa. El olvido se estaba apoderando de el nuevamente pero solo podía esperar. Esperar a que ese deseó se cumpliera, aquel deseo de la noche sin estrellas.