El pueblo de Morth

Halo Lunar

El cielo no era el mismo de aquella noche. Hoy estaba gris y rugía con rabia mientras escupía relámpagos sobre el sucio pueblo de Morth. Cuentan las leyendas que antaño, Morth servia de paso para llegar a la vieja cuidad de Gril, y que allí se escondían los asesinos mas viles y despiadados. Sus habitantes se dedicaban a la venta de esclavos y de medicamento de segunda mano. Se dice que el hermano del rey Korr bajó al pueblo de Morth y contrató a los mercenarios élite del norte para que se encargasen de su hermano y así quedarse él con el trono del cono occidente. A cambio, le ofreció incontables riquezas al clan de asesinos. Esa misma noche, tres asesinos élite treparon hasta lo mas alto del castillo, buscando la habitación con la única luz prendida, pues el rey Korr nunca apagaba sus velas, no desde aquel día en el que fue maldecido por la dama de cristal. Lograron alcanzar la habitación y divisaron la sombra del rey, quien escribía tranquilo en su despacho, de espaldas a la ventana. Prepararon las famosas anclas de piedra, un instrumento asesino creado por los hombres del bosque que se activa con la sangre del portador, disparando un proyectil de piedra venenoso, pues si el portador logra un lazo de unión entre su sangre y la piedra de luna menor, esta se incrusta en su objetivo mientras desprende un poderoso veneno que ataca a el corazón en 10 segundos y corroe la piel. Mientras los tres preparaban sus armas, se vieron entre ellos, esperando el momento ideal. En un abrir y cerrar de ojos, crearon el lazo de unión a las anclas de piedra. Estas brillaban de un color morado oscuro, listas para destruir a su objetivo. Apuntaron a la silueta que se encontraba al otro lado de la ventana y activaron el ancla de piedra. El sonido fue ensordecedor y la reacción, fulminante. Entraron en la habitación por la ventana que acababan de destruir y lo vieron. El rey Korr yacía sobre el suelo, inerte sobre su propio charco de sangre. Se podía observar como el veneno succionaba cada centímetro de su piel, dejando en su camino solo los huesos del rey.

– Revisen la habitación. Tomen cualquier objeto de valor – dijo uno de los asesinos – pero rápido que la guardia real no tardara en venir.

– Hey, ¡Ven a ver esto! – dijo el segundo asesino, quien se encontraba revisando la túnica del rey – Su collar, ¡Mira su cuello!

El legendario collar del rey Korr temblaba sólo y brillaba rodeado de una luz blanca pálida, como cuando la luna es cubierta por una nube negra.

– Algo no esta bien aquí. Apresúrense y vayámonos, ¡PERO YA! – dijo el tercer asesino.

Los tres asesinos tomaron lo que pudieron y cuando se dirigían a la ventana, una silueta negra se levanto del suelo. El rey se encontraba de píe, sus ojos brillaban del mismo color que su collar mientras un ligero humo blanco corría sobre su boca. Con un delicado movimiento de su mano derecha, lanzo a los asesinos por los aires, al otro lado de la habitación.

-¡¿Quien los mando?! ¡Malditos hijos del mal! – dijo el rey Korr. – ¿Que acaso no saben que nadie puede matarme?

Uno de los asesinos podía sentir como el humo que desprendía el rey Korr se impregnaba en sus pulmones, causando un dolor inimaginable, como si mil agujas atravesaran su cuerpo al mismo tiempo. Estuvo a punto de desmayarse cuando pudo verlo, vio los ojos del rey en su mente. Los blancos ojos del rey desprendían un terror inigualable mientras escrutaban cada parte de su alma.

-Fue…. fue tu hermano…- dijo el agonizante asesino – Por favor…déjanos ir…

-¡MENTIRA! – dijo el rey – ¡DEMUÉSTRAMELO!

La mano del asesino se movió a voluntad del rey y ésta saco el pergamino de contrato, firmado con la sangre y huella de su hermano. El pergamino se desplazó por los aires hasta llegar al rey Korr, quien lo leyó con cautela. Mientras leía el contrato, su ira iba en aumento. El humo blanco que sostenía a los asesinos en el aire se puso mas denso y poco a poco fue destrozándoles los huesos mientras se retorcían de dolor y suplicaban al rey piedad. El rey, con la poca razón que le quedaba, se dirigió a la montaña que daba la cara al pueblo de Morth y desprendió su humo sobre todo el pueblo. Su voz se derramaba con el humo, así que todos podían escuchar sus palabras.

– Hermano mio, ¡me has traicionado! – dijo con furia – Se que te encuentras escondido aquí y por tu traición, el pueblo completo ha de pagar. Hoy contemplaran la maldición del rey, la maldición de la luna blanca.

El humo cubrió cada centímetro de la ciudad y poco a poco fue destruyendo los huesos de todos los habitantes, como si una roca gigante cayese lentamente sobre el cuerpo de cada persona. Pero el rey no se salió con la suya. La dama de cristal lo vigilaba siempre, y esa noche, observo su crueldad desde los cielos. Lo que no sabia el rey era que su hermano, Danis, ya no se encontraba en Morth, pues había zarpado hacia el sur unas horas atrás.

-Algún día la gente sabrá tu verdad, hermano. – dijo Danis mientras observaba desde el barco la ciudad de Morth, impregnada en humo blanco – Y cuando llegue ese día, allí estere yo, listo para destruirte.

Desde ese día, miles de almas rondan el pueblo de Morth. Cuentan que aún se puede sentir el humo blanco del rey, destrozando cada uno los huesos de las personas que osan pasar por allí. Pero eso no fue ningún impedimento para Viajero, pues el conocía todas las historias del mundo, y aunque toda leyenda tiene en sus raíces algo de verdad, el no les temía, pues ha caminado sobre la tierra por tantos años que ni el mismo puede contar. No sabia que iba a encontrar en la ciudad de Gril pero desde aquel sueño, sabia que tenia que llegar de una u otra forma. La dama de cristal lo llamo en sus sueños y después de tantos años, sentía dentro de si mismo que la volvería a ver. Mucho tiempo ha pasado desde que la vio, desde que la dama de cristal lo maldijo para siempre. Con su ropa sucia, una capa y un puñado de raíces en su bolsa, Viajero se adentro en el maldito pueblo de Morth…

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