La Cueva

El río era grande, muy grande. Mucho más de lo que te puedes imaginar. Si lo recorrieras a lo ancho, tendrías que nadar dos días para llegar al otro lado. Si quisieras recorrerlo de principio a fin, tendrías que navegar por cien días sobre sus turbias aguas en forma de serpiente. Así era el río que recorría las montañas del este, peligroso e impredecible, incluso para las tribus que habitaban en lo más alto del mismo. Cuentan que cuando las sirenas de agua dulce están tristes, suben a llorar a las cuevas de la montaña, creando corrientes que destruyen todo a su paso. Aunque como dicen, ha de ser solo una leyenda… ¿o no?

Era una noche fría, con lluvia y Tom no podía borrar aquellas palabras. Toda la madrugada paso leyendo el antiguo diario de su padre mientras escuchaba las gotas caer en su vieja casa de la colina. El día de mañana tiene que zarpar y lo único que lo prepara mentalmente son las palabras de la página 36:

… No recuerdo el cómo ni el dónde, pero mi encuentro con Viajero fue algo que jamás espere. Me contó la historia de las sirenas de la cueva mientras bebíamos en la taberna del viejo Steve. Sus ojos transmitían tanta confianza que me perdí en su historia. No se si era demasiado viejo por sus experiencias o demasiado joven por sus rasgos, pero sus palabras eran verdad, lo sé, y Dios sabe que es así…

Aquel día de verano, Tom observo como su padre agarro su caballo, empaco su vieja capa, una cuerda, una brújula, su peculiar sombrero y partió hacia un muelle que nadie conocía. — ¡Ya vuelvo mi querido Tom! Recuerda tener lista la cena para el domingo. — dijo mientras se subía al caballo. — Si, padre. Que el sol y la luna vayan contigo. — respondió Tom, sin saber que sería la última vez que vería a su padre. — Que se queden contigo, mi querido hijo. Pues creo que de este viaje no volveré — se dijo el padre de Tom a si mismo mientras cabalgaba directo hacia su muerte.

Las gotas seguían cayendo, una por una y Tom no se despegaba del diario. El estofado ya se había enfriado y no había dado ni un bocado. Página 37:

Si, sé que logré entender bien. Viajero se refiere al muelle que está a 2 días al noreste de la taberna. Lo vi un par de veces cuando era niño, pero fue destruido, de eso estoy seguro. No debí beber tanto la noche anterior. Ya no sé si aquella conversación fue un sueño o realidad. Pero aquellos ojos…, tanta certeza, tanta verdad…

Ya eran medio día. Tom se levantó, tomó una taza de té y empezó a preparar su equipaje. Después del incidente de su padre, dejó sus estudios y se dedicó a la vida de marinero. Aprendió a navegar en alta mar y desde que encontró el diario de su padre, buscó toda la información que pudo acerca de la cueva. No iba a cometer el mismo error de su padre, y de eso estaba seguro. Ya con su equipaje en la espalda, Tom se dirigió a aquel viejo muelle.

Al llegar, vio a su pequeño bote amarrado a un árbol que se encontraba al costado del río. El Viejo Argón, así se llamaba aquel pedazo de madera que había construido con sus propias manos. Al subir, reviso cada centímetro del navío. Paso ajustando as velas, reviso el ancla, la pequeña cocina y corto con su cuchillo la soga que lo mantenía en la orilla. Una ráfaga de viento empezó a mover al Viejo Argon y mientras Tom maniobraba, vio las grandes curvas de agua que le esperaban en su viaje cien días. — Que el sol y la luna me acompañen — suspiró.

 

 

 

 

 

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