Isaac El Jinete

Hacía calor, mucho más de lo normal, y en el pueblo de Ventarrie aún no terminaba la temporada de recolección. Este pequeño pueblo, ubicado casi en el centro de la región boscosa de Vantaiveria, se conocía por la deliciosa miel que recolectaban previo al matador invierno. Esta recolección se daba durante tres meses y usualmente solo a los mayores de veinte años se les permitía aventurarse en el bosque. Lo hacían en grupos de cuatro, todos con un líder experimentado, y se consideraba un trabajo extremadamente peligroso. Al final de la recolección solían llenar carromatos con frascos de miel para llevarlos a la fortaleza de Migny, al sureste del pueblo, donde el señor de Vantaiveria se las intercambiaría por alimentos para sobrevivir el invierno y claro, unas cuantas monedas de oro, dependiendo de la cantidad de miel que llevaran.

Ya se acercaba el final de la temporada de recolección y lo que menos había era señas del invierno. Una tarde, el pequeño Isaac terminó su trabajo como ayudante en el almacén de miel. Agarró su bolsa, se cambió de camisa y salió con prisa hacia su casa, pues aún quedaban rayos de sol que lo acompañarían en su viaje de regreso. Pues Issac, con tan solo catorce años de edad, le daba miedo el camino dominado por la noche. — ¡Nos vemos mañana, pequeño!  — le gritó el viejo Bock, encargado del almacén. — y corre bien, que los lobos no descansan. — dijo bromeando.

Isaac llegó a casa, sudado, pero con una gran sonrisa en su rostro. — Ya vine mamá! — dijo mientras cerraba la puerta. No recibió ninguna respuesta. Subió a su habitación, se quedó en calzoncillos y salió al pozo a tomarse un baño para refrescarse. — ¡Isaac! La cena esta lista. Apresúrate y ven a comer antes que se enfríe. — le gritó su mama por la ventana. Isaac se secó y entró directo a la cocina. — Gracias por la comida mamá. Este estofado huele delicioso. — dijo al sentarse en la mesa. — Que lo disfrutes hijo, has trabajado duro otra vez, ¿verdad? — respondió la mama mientras se sentaba frente a Isaac. — Sí mamá, pero la temporada de recolección ya está terminando y podremos descansar durante todo el invierno. Además, alguien tiene que poner los alimentos en la mesa, ¿no? — añadió. La mamá, con mucha nostalgia, vio directo en los ojos de Isaac y vio a su difunto padre. —Ay dios, un niño de catorce años no debería de estar trabajando — se dijo a sí misma. Su corazón se llenó de lágrimas y recordó cómo los ancianos le prohibieron trabajar por ser mujer, incluso después de enviudar. Era una de las estúpidas reglas de Ventarrie. Las mujeres solo podían dedicarse a sembrar en las pequeñas parcelas de sus casas y a alimentar a las mulas de los establos. Solo los hombres podían ir a recolectar miel, pues creían que era un trabajo para los “seres con pelo en pecho”. Pero no siempre fue así… 

—¿Está todo bien mamá? —dijo Isaac, pues la vio perdida en sus pensamientos. — Si, solo que estas tardes de mucho calor me recuerdan a una historia que me contaba mi madre hace tiempo, cuando aún era una niña. ¿Te gustaría escucharla? — le dijo a Isaac mientras se llevaba un cucharón de estofado a la boca. — Tú sabes que amo las historias, madre. Cuéntala de principio a fin, toda mi atención será tuya, doy fe de ello. — respondió Isaac con una gran curiosidad en su rostro. — Está bien. Entonces, por la memoria de tu padre, presta mucha atención y escúchame bien.

Hace muchos años, incluso mucho antes que naciera el padre de mi padre, Ventarrie era un pueblo más grande. Los caminos eran buenos y no tenían que intercambiar toda la miel por unas míseras provisiones de invierno. Era una época donde tanto hombre y mujer trabajaban codo a codo en los bosques. Durante la Guerra de los Cinco Valles,los visitantes empezaron a escasear. Ya nadie quería adentrarse a los bosques y las ventas de miel empezaron a caer. Unos meses después de iniciada la guerra, la oscuridad tomó la parte norte del bosque, en Vrigloy. Cuando el señor de Vantaiveria lo supo, mando un pequeño grupo de dieciséis asesinos a recuperar el bosque. El problema era que los asesinos tomaron nuestro pueblo como base. Dormían en el ayuntamiento durante el día, planeaban, comían y durante la noche se movilizaban al norte del bosque para asesinar todo lo que se encontrara frente ellos. Siempre y cuando nosotros no nos metiéramos en sus asuntos, ellos no se metían en los nuestros. Un día de esos, los asesinos recibieron una orden del gran señor. Este decía que los almacenes de miel estaban malditos por la oscuridad del norte y ordenó quemar absolutamente todo. Decretó toque de queda y prohibió la recolección de miel hasta que el asunto estuviese resuelto en el bosque. Ese mismo día, los asesinos quemaron los catorce almacenes de miel. Dejaron al pueblo sin nada para vender o intercambiar. En ese instante todos pensaron que solo iba a ser cuestión de tiempo para que murieran en el invierno, pues este si se acercaba con fuerza de mil caballos. Absolutamente nadie sabía que hacer. Pasaban en sus casas todo el día, rezándole a los Dioses que los ayudaran. 

Unos días después, un carromato lleno de comida y provisiones llego al pueblo. Los Caballeros de la Espada, quienes acompañaban el carromato, llamaron a los pueblerinos para que se reunieran en el parque frente al ayuntamiento durante la tarde. Todos acudieron y escucharon con atención. El gran señor les ofrecía provisiones con una condición. Pasado el invierno, tenían que comprometerse a enviar a todos los hombres mayores de edad a Migny, donde se les instruiría en el arte de la espada. La guerra estaba en curso y no podían darse el lujo de seguir perdiendo hombres.

Claro, los pueblerinos no aceptaron la oferta del gran señor. De hecho, se rebelaron. La cabeza de la rebelión fue una gran jinete, quien, con valentía, juntó a los mejores hombres y mujeres del pueblo. Una noche tomaron el carromato a la fuerza y encerraron a Los Caballeros de la Espada mientras los asesinos se encontraban en el bosque. En su regreso, les tendieron una trampa y terminaron quemando a los dieciséis hasta los huesos. Esta misma rebelión partió al norte, retomaron el bosque y luego negociaron con el gran señor la liberación de sus soldados. Este accedió a sus peticiones, siempre y cuando le entregaran ofrendas de miel cada año. A cambio, él les daría provisiones para el invierno. Lo único que se sabe de la valiente mujer fue lo que encontraron en el diario de una de sus combatientes. Antes de partir al bosque, esto fue lo que escribió:

Surgió de la oscuridad cuando más lo necesitábamos. Tenía los ojos furiosos como un lobo y era justa como nadie más. Lejos de dejarnos morir, ella nos guiaría a vencer. 


Todos marcharíamos con ella hacia el bosque oscuro, donde su luz brillaría. Usaba una capa negra como la noche, hecha para una princesa de la oscuridad. Cuando entraba al bosque era como si la naturaleza estuviese de su lado.


Ella alejaría a los indeseados, ella destruiría esa oscuridad. Las oleadas de cuervos se irían volando lejos al norte, donde pertenecen. Y el bosque sería nuestro de nuevo. Su telar nos protegerá del gran señor, con su fuego profano, y si es necesario, marcharemos hasta la muerte en Migny.


Ella nos abrió los ojos para caminar sin cesar por el camino del soñador. Por un pueblo mejor, un pueblo libre.

— Y esa es la razón por la cual damos ofrenda todos los años. Después del invierno, La Jinete partió al oeste para comandar un grupo de guerra, pero murió en batalla. Desde esos tiempos, los linajes del gran señor han prohibido a las mujeres realizar cualquier tipo de trabajo físico. — Terminó la madre de Isaac. — Ahora levanta tus platos y vete a dormir. Mañana tienes que trabajar. — Dijo mientras se levantaba de la mesa. — Gracias mamá, te veo mañana. Y gracias por la historia. — Dijo Isaac con miles de preguntas en su cabeza.

Esa noche calurosa, Isaac se sumergió en un profundo sueño, donde él mismo marcho junto a La Jinete. Aquella oscuridad del norte se hizo luz y otra vez su pueblo podría añadir otro invierno a la lista. En su sueño, él fue Isaac, El Jinete.

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